La estancia en la aldea había sido tan encantadora como reconfortante. Salí a comprar, moviéndome entre la alegría y la nostalgia, y aproveché para despedirme de la gente y contemplar la última puesta de Sol. Volviendo a casa me di cuenta de que el coche tenía las ruedas tremendamente gastadas. El viaje era largo y no podíamos posponer la salida más allá de mediodía.
Bajé al bar y pregunté por algún taller confianza. Varias personas se acercaron y, después de una rápida discusión, consensuaron que la mejor opción era que telefoneara a Zapa, propietario del taller de una localidad cercana, y le dijera que llamaba de parte de Antonio. Llamé al mecánico y, en cuanto reconoció a Antonio, me dijo que no me preocupara y que me pasase a primera hora.
Zapa lo tenía todo preparado cuando llegué al taller. En media hora nos cambió los neumáticos y a las once partíamos hacia casa. Un largo viaje nos esperaba.
Una vez más, la red social había funcionado.